La ruptura del equilibrio



-Mamá mamá, ¿por qué hay una chica en esa cuerda? ¿por qué va por el cielo y no anda con nosotros?

Oí a aquel pequeño y me acordé de que esas eran las mismas frases que había pronunciado yo no hacía muchos años. Era curioso que las primeras palabras que escuchara desde hacía meses fueran aquellas. Sonreí.

-Es una equilibrista.-contestó su madre.- Son unas personitas muy especiales que van por el aire encima de su cuerda dirigiéndola a donde quieren ir, y que se dedican a ayudarnos a los demás a solucionar nuestros problemas.

-¿Y no le duelen los pies? ¿No se cae nunca?

La madre se quedó dubitativa, sin saber qué contestar. “Normal.” Pensé mientras me acercaba un poco. “La gente sabe poco más de nosotros, no les interesa. ¡Oh sí! Todos nos conocían, por supuesto.
Aparecíamos en el momento exacto y solucionábamos lo imposible.” Suspiré. “¿Cuándo intentarían comprendernos?” Dudé entre si acercarme o quedarme donde estaba. Hacía nueve meses que no me acercaba a ninguna persona. Antes me encantaba resolverles las dudas a los más pequeños, dejar pasmados a sus padres mientras hacía piruetas sin miedo alguno de caer. Pero después de aquello…

-No, supongo que no le duelen. Si no, bajaría a descansar alguna vez, ¿no crees?

Sentí rabia. Aquella frase me hizo decidirme.

-En realidad eso no es así.- la contradije con voz suave. Los dos me miraron asombrados. Acerqué mi cuerda al niño con un simple deseo, me senté en ella y dejé mis pies a centímetros del suelo.- Verás pequeño, estas cuerdas por las que caminamos no están hechas de materiales, están hechas de los sentimientos de quien la camina. Y, ¿a qué hay veces que sientes dolor o envidia?.- El niño asintió con un cabeceo, aún con miedo de contestar.- Pues de la misma forma, cuando yo tengo esos sentimientos tan destructivos, mi cuerda cambia reflejándolos, y por eso a veces daña mis pies. Y aunque tú puedes quedarte en casa con mamá hasta que se te pase el dolor o esperar hasta que el olvido se lleve la envidia, yo tengo que seguir caminando para sentir cosas mejores y curarme, aunque me duela.

Aquella cara, era tan inocente… ¿Cómo explicarle a una mente tan sencilla todos los entresijos de las reglas que nos autoimponíamos? Porque, aunque parecíamos volar libres caminando por el cielo, éramos esclavos de nuestra conciencia. No teníamos cadenas físicas que nos anclaran a lugares, no. Nuestras cadenas estaban hechas de sensaciones que nos unían a las personas. Los sentimientos nos enseñaban, eran nuestros maestros y de ellos aprendimos que era mejor luchar por la felicidad de la gente que sólo vivir quejándonos de los cambios que sufríamos todos, construyendo un mundo egoísta en el cual el yo es el centro y el motor, el pasado y el presente. A partir de aquella base tan sencilla habíamos creado una nueva forma de vida por la que todos sentían admiración, pero que casi nadie se atrevía a seguir. Dejar las mantas calentitas entre las que crecíamos era un precio demasiado alto. Abrir la mente y tratar de conocer un poco más al resto olvidando en algunos extremos la felicidad propia, era demasiado sacrificio. ¿Para qué arriesgarse a perderlo todo pudiendo vivir cada uno en su habitación independiente, pintando cada noche las paredes con los colores de la ignorancia? ¿Para qué iban a intentar arreglar los destrozos que creaban en otras vidas? Le observé atentamente. ¿Cómo explicarle a un niño que algunos habíamos superado el plano material y que cosas como el dolor físico no importaban?

-¿Y por qué no vas al médico para que te cure?, me preguntó.

-¿Al médico? .-me dejó desconcertada. Era la pregunta más original que me habían hecho nunca. Comencé a reírme a carcajadas.- ¡Pero si no es ninguna enfermedad! Es como cuando tus padres te ponen un castigo para que aprendas. Lo hacen por tu bien, para que no cometas el mismo error nunca más.

-¿Y nunca te ha dolido tanto que te has caído?

Me cambió el humor al instante. Niños, curiosos. ¿Por qué no lo relacioné antes? Preguntaban demasiado. Y no era malo, no me malinterpretéis. Las dudas nos hacían madurar, nos guiaban. Pero también removían recuerdos enterrados profundamente, historias pasadas que creía haber superado durante aquellos nueve meses… Me arrepentí de haberme acercado al mundo otra vez, porque aquel dolor en nada se parecía al de caminar por una cuerda desgastada.

-Sí, una vez.-contesté.

Una lágrima se precipitó desde mis ojos. Suficiente. Había hablado demasiado, lo sabía. Ahora las consecuencias me perseguirían como aves carroñeras. ¿No ves? Ya empezaban… Los recuerdos se agolpaban luchando frenéticos por inundar mi mente con sus palabras de culpabilidad. Creía haberlos olvidado pero dime,
¿quién puede olvidar el día en que decide destruirse a sí mismo?