Numérico.


A historias incompletas y canciones de promesas le late el corazón. No sabe bien desde cuando ni por qué es así, pero tampoco se queja. Lo tiene asumido, tratar de cambiarlo sería acelerar el crecimiento de sus caídas y suficiente tiene con tropezar. Coge el bolso y saca el pintalabios color "hoy nada me puede derrumbar". No tiene ganas de escribir nada que no sean mensajes en botellas que nadie recoge, pero le echa ese valor que siempre le falta y escribe en el espejo las palabras que desmienten la sonrisa de su cara. Echar uno de esos suspiros difuminados incompatibles con el aire que respira y emborronarlo todo es estúpido, lo sabe, pero es uno de esos errores que da igual que sepas que está mal, necesita hacerlo. Y lo hace, y no hay nadie allí para pararla. Para decirla "es inútil, ya lo has manchado, no hay vuelta atrás". Ella actúa, sin mirar. Como con la mayoría de sus locuras, sobretodo la de callar. Por qué se callará siempre las palabras que lo arreglan todo, por qué. Se le ha manchado la ropa con tanto teatro frente a sí misma, el lavabo mojado consigue que el blanco de su camisa se vuelva de un tono trasparente que cualquiera que la viera pensaría "estarías mejor si la camiseta de debajo no tapara tus encantos", pero ella ni se inmuta. Está hecha un desastre, como antes, como siempre. Se mira a través de la mancha y se da cuenta. A medio hacer. Al fin está como recordaba.
Deja la camisa y sus excusas en la papelera, ajusta esa sonrisa que es sólo suya en sus labios y sale a cometer errores y a asumir desganas. El pintalabios se queda allí solo como único testigo de las mentiras que puede contarse una para justificar estupideces.
Aunque esta vez, por mucho que busque, no consigue ni encontrarlas.

1012008890


Empápate, bebe ávido, termínalo todo en menos de un suspiro sin que la garganta logre emitir quejido alguno. Destapa el corcho, que salga todo sin dirección ni dueño y que adormezca tu mente haciéndola entrar en un sopor del que no sabrá escapar. Sólo piel, desnuda y vacía, sin misterios ni sorpresas. Sólo piel. Sobredosis de piel. Sobrescribiendo lo que hubiera, borrando lo que no debió ser, un nuevo folio de papel reciclado en el que los borrachos pintan sus verdades, hartas de refugiarse en el rincón de la mala memoria. Y qué le vamos a hacer, no le voy a poner sentido, ¿quién te ha dicho que lo tenga?

A way away.


Día tres de un mes cualquiera. A fuera llueve, y yo llevo desde las seis de la mañana cigarro en mano para intentar darle algo de calor al día. De momento imposible. Los altavoces suenan con esas frases idílicas que todos sueñan y nadie vive. Frases que remueven, sonidos que se pierden entre partes de tu ser que ni creías conocer. Los folios esparcidos por la mesa denotan la poca capacidad expresiva que tengo últimamente, coraza impermeable, flexible y amoldable a cualquier situación. Miro la botella de vodka barato que nos acabamos ayer entre tonterías y leo una vez más la promesa que nos escribimos en el sofá. Se me traba en la garganta ya que no consigo entenderla.
Y lo siento, aún no sé bien como explicártelo.

Pongamos que hablo de cosas inexplicables


Pongamos que no hablo de nada en concreto.
Pongamos que hablo de coincidencias sin sentido que levantan mil capas de momentos escondidas con cuidado en alguna parte bajo mi piel.
Pongamos que hablo de intentar ahogarlas cada semana para ver si se empapan y se borran definitivamente del reflejo de mi cara al dar esos paseos entre recuerdos que sólo me pertenecen a mí.
Pongamos que hablo de una simple llamada que podría haber conseguido que me olvidara de lo que duelen las pesas al levantarlas para llevarlas unos metros más hacia delante, y de cómo mirar el reloj minuto tras minuto significaba saber que nada nuevo iba a ocurrir, que todo seguiría igual para siempre.
Pongamos que hablo de lo que llega a doler ese para siempre que antes sólo me hacía sonreír.
Pongamos que hablo de imaginar una y otra vez la conversación que nunca ocurrirá porque ya quedó muy lejos el tiempo del perdón y el explicar, a pesar de que sigo sin entender exactamente qué ocurrió y cómo todo se nos fue tan rápido de las manos.
Pongamos que hablo de mirar alrededor y que automáticamente el pensar se te atasque en la garganta sin saber bien por dónde escapar para no mostrar la realidad.

Pongamos que hablo de nuestro pasado, juntas. Pongamos que hablo de mi presente, sola.

Pongamos que hablo de que te echo de menos, demasiado.

Derreugese?


Adelante, entra y sentémonos a charlar un rato. Encendamos un primer cigarro y pidamos bebida, así podremos darle sentido a nuestro silencio. Gargantas de hielo frío y humo caliente. Segundo cigarro. Tenemos que hablar, lo sabemos, pero no hay quietud más estable que la que nos rodea ahora. El pánico escénico hace mella en mí aunque ya estemos al final de la obra. Segundo trago, tercer cigarro. Tomo aire y aparto la mirada de las manos. Tus ojos tienen el mismo miedo que antaño, no has cambiado un ápice en tus deducciones. Sabes qué quiero contarte. Tercer trago. Respiro. Empiezo a hablar.