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      Porque está claro que si la noche fuera nuestra,
      lo que escucharían las paredes
      no serían palabras.

      Esos me gustas, seguidos de un me pones y un,
      'tengo unas ganas tremendas de follarte'
      que están claras entre tus piernas,
      pero que quedan mejor borrando el romanticismo
      y dejándonos desnudos
      antes de que nos dé tiempo a quitarnos la ropa.

      Esos mordiscos
      por el cuello
      convenciéndonos de que nuestra sed sólo se calma con carne.
      Y ganas,
      y lenguas,
      y ombligos,
      y lo que nos pidamos entre suspiros.
      Sin mundo más allá de nuestra guerra de fascinación irracional.

      Que lo increíble son las sábanas por tu espalda escondiéndome los lunares
      para que no me los aprenda
      (aún),
      y tu cara de sorpresa al saberte ganador
      en una pelea que no pretendías ni comenzar.
      Y me desnudas
      lentamente
      disfrutando
      del momento,
      y yo
      me corro
      de impaciencia
      de que me empieces.

      Vaya paradoja.

      Que son estúpidas las normas y me haces olvidarlas,
      ¿qué más da el tiempo si ahora desearíamos que no existiera?
      Para comernos
      sin prisa
      pero todas las veces que quisiéramos.

      Y repetir.

      Y repetir.

      Y descubrir que contigo no tengo fondo,
      ni ganas de tenerlo.
      Y tampoco miedo.
      Y eso es lo que más me gusta cuando
      mientras bajas tu mano por mi espalda
      me dices
      'señorita, me pido ser el dueño
      de su culo',
      y me miras serio,
      desafiándome a dudarlo.
      Y yo,
      qué quieres que te diga,
      con esa mirada
      de mi culo
      y de lo que me pidas.

dimhis


Me dije que era el último, aunque no sabía bien el último qué.
El último día de malos ratos, el último error que me permitiría cometer, o el último cigarro.
Ni si quiera sabía durante cuanto tiempo me iba a acordar de mis palabras.
Sólo esa noche lo más seguro,
mañana me excusaría de alguna manera y volvería a dejar que mi corazón se parara unos segundos por unos ojos que me demostraran interés.
Yo era así, qué iba a hacerle.
Sin embargo esa noche estaba claro, esa noche era la última.
Me vestí, di el último beso y cerré la puerta.
Y... sí, por qué no, también por vez última me permití una sonrisa.

Numérico.


A historias incompletas y canciones de promesas le late el corazón. No sabe bien desde cuando ni por qué es así, pero tampoco se queja. Lo tiene asumido, tratar de cambiarlo sería acelerar el crecimiento de sus caídas y suficiente tiene con tropezar. Coge el bolso y saca el pintalabios color "hoy nada me puede derrumbar". No tiene ganas de escribir nada que no sean mensajes en botellas que nadie recoge, pero le echa ese valor que siempre le falta y escribe en el espejo las palabras que desmienten la sonrisa de su cara. Echar uno de esos suspiros difuminados incompatibles con el aire que respira y emborronarlo todo es estúpido, lo sabe, pero es uno de esos errores que da igual que sepas que está mal, necesita hacerlo. Y lo hace, y no hay nadie allí para pararla. Para decirla "es inútil, ya lo has manchado, no hay vuelta atrás". Ella actúa, sin mirar. Como con la mayoría de sus locuras, sobretodo la de callar. Por qué se callará siempre las palabras que lo arreglan todo, por qué. Se le ha manchado la ropa con tanto teatro frente a sí misma, el lavabo mojado consigue que el blanco de su camisa se vuelva de un tono trasparente que cualquiera que la viera pensaría "estarías mejor si la camiseta de debajo no tapara tus encantos", pero ella ni se inmuta. Está hecha un desastre, como antes, como siempre. Se mira a través de la mancha y se da cuenta. A medio hacer. Al fin está como recordaba.
Deja la camisa y sus excusas en la papelera, ajusta esa sonrisa que es sólo suya en sus labios y sale a cometer errores y a asumir desganas. El pintalabios se queda allí solo como único testigo de las mentiras que puede contarse una para justificar estupideces.
Aunque esta vez, por mucho que busque, no consigue ni encontrarlas.

1012008890


Empápate, bebe ávido, termínalo todo en menos de un suspiro sin que la garganta logre emitir quejido alguno. Destapa el corcho, que salga todo sin dirección ni dueño y que adormezca tu mente haciéndola entrar en un sopor del que no sabrá escapar. Sólo piel, desnuda y vacía, sin misterios ni sorpresas. Sólo piel. Sobredosis de piel. Sobrescribiendo lo que hubiera, borrando lo que no debió ser, un nuevo folio de papel reciclado en el que los borrachos pintan sus verdades, hartas de refugiarse en el rincón de la mala memoria. Y qué le vamos a hacer, no le voy a poner sentido, ¿quién te ha dicho que lo tenga?

A way away.


Día tres de un mes cualquiera. A fuera llueve, y yo llevo desde las seis de la mañana cigarro en mano para intentar darle algo de calor al día. De momento imposible. Los altavoces suenan con esas frases idílicas que todos sueñan y nadie vive. Frases que remueven, sonidos que se pierden entre partes de tu ser que ni creías conocer. Los folios esparcidos por la mesa denotan la poca capacidad expresiva que tengo últimamente, coraza impermeable, flexible y amoldable a cualquier situación. Miro la botella de vodka barato que nos acabamos ayer entre tonterías y leo una vez más la promesa que nos escribimos en el sofá. Se me traba en la garganta ya que no consigo entenderla.
Y lo siento, aún no sé bien como explicártelo.